lunes, 9 de junio de 2014

La segunda arma del Capitán


La segunda arma del Capitán es la difamación, y es un arma destructiva enormemente poderosa.

Según la Real Academia de la lengua española (RAE), el honor es la gloria o buena reputación que sigue a la virtud, al mérito o a las acciones heroicas, la cual trasciende a las familias, personas y acciones mismas de quien se la granjea (parece que los sesudos de la RAE, se lo han currado para poner una definición turbia, que no entienda la gente corriente).

Sin embargo, la Wikipedia es bastante más clara que la RAE y dice:
Se suele entender el honor como un conjunto de obligaciones, que si no se cumplen hace perderlo: es lo conocido como Código de Honor o sistema de honor; una serie de reglas o principios que gobiernan una comunidad, basadas en ideales que definen lo que constituye un comportamiento honorable frente a esa comunidad.
La violación de un Código de Honor puede ser objeto de sanciones, o incluso de expulsión de la comunidad o la institución afectada.

Por otra parte, distingue la honradez que, según la Wikipedia, es más propio de una concepción burguesa del mundo: la fiabilidad en los negocios.

Y por otra parte está la honra.

Dice la enciclopedia Larousse de la honra: 1. Circunstancia de ser alguien por su conducta digno de aprecio y respeto. 2. Buena opinión y fama adquirida por la virtud y el mérito.

Y así era en la Edad Media: el honor era una virtud del hombre, género masculino, que se extendía a su familia, y la honra era la buena opinión y fama que tenía un hombre en su comunidad y por ende su familia.

Con el paso de los siglos, el significado de estos términos se ha ido entremezclando y confundiendo.

De la difamación, dicha enciclopedia dice que es la acción y efecto de difamar.
Y de difamar dice que es desacreditar a alguien publicando o diciendo cosas contra su buena opinión o fama.

Dice la Wikipedia: En el derecho (jurídico) el honor, la reputación y la honra están extremadamente ligados, aunque esta última se asocia más al concepto de imagen.
Son atropellos al derecho a la honra, que es un derecho humano, y a la reputación, que también es un derecho humano, los comportamientos dirigidos a denigrar a las personas, los que comprenden la imputación de delitos y de inmoralidades, las expresiones de vituperios y los actos públicos de menosprecio.
En la actualidad, el derecho al honor, asociado a otros derechos, como los relativos a la propia imagen y a la intimidad personal y familiar y sobre todo al concepto de dignidad humana, es objeto de protección jurídica, tanto en las distintas legislaciones nacionales como en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

La honra y reputación son derechos humanos establecidos en el artículo 12 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

La Constitución española de 1978 las protege en su artículo 18.

Y resulta que la Declaración Universal de los Derechos Humanos nos elevó a las mujeres a la condición de seres humanos, cosa que antes no éramos.
Y en España, la Constitución de 1978 nos dio a las mujeres plena igualdad jurídica al hombre y nos elevó también a la condición de seres humanos.
La Constitución española proclama la igualdad de los españoles ante la ley sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de sexo (artículo 14)

Y, así, las mujeres, no fuimos personas hasta casi el final del siglo pasado, esto es, hace poco más de treinta años.

Pero resulta que la mente del Capitán, y todo su ejército, se ha que dado anclada en la Edad Media y no ha evolucionado nada de nada, con el paso de los años.

Tiene una mente tan retrógrada que piensa que yo no tengo derecho a ejercer en mi puesto de trabajo, porque las mujeres han de estar en cargos que para él son inferiores, como técnicos o a lo sumo como enfermeras, y que siempre están a su servicio.

Con una mente tan extremadamente retrógrada, ¿cómo no iba él a descargar toda su violencia contra mí?

A eso, señor Capitán, en el mundo occidental se le llama: VIOLENCIA DE GÉNERO.

martes, 6 de mayo de 2014

La mejor arma del Capitán


La primera y más importante arma de cualquier ejército es una buena red de espionaje.
Y, por supuesto, ésta es también el arma primordial del Capitán: tener una buena red de informadores, algunos de los cuales están en puestos importantes y otros están presentes en las reuniones importantes para él.
Es imprescindible para él saber con antelación lo que va a pasar, dónde, cómo y cuando, para poder actuar y salir vencedor.

El Capitán, de esta manera, se entera de todo lo que pasa en el hospital y alrededores permaneciendo tranquilamente sentado en su querido despacho.

Como buen maquiavelo que es, dedica todas sus fuerzas a conseguir su fin, sin importarle los medios.
Le importan un comino las personas y no tiene ninguna empatía con ellas.
Sólo le interesan los macacos, gente influyente relacionada con ellos, y cualquier persona que le apoye y le ayude a mantener su feudo a su manera.

Por eso se ha ido haciendo amigo de los sucesivos macacos Directores y Gerentes que han ido pasando por el hospital.

Y, por eso, se ha ocupado de que en el laboratorio haya ojos y orejas por todas partes que no descansan. Cualquier cosa que yo pueda decir o hacer que se salga de lo normal y que pueda parecer interesante, pues siempre hay alguien que raudo y veloz va a informar al Capitán.

Pero también tiene contactos fuera del hospital.
Una vez me caí, hace ya varios años, a la salida de Dirección y me lesioné la cadera. Eso fue en mi peor época, en la que más alterada y nerviosa estaba yo.
Pues bien, tuve que ir a la mutua de accidentes que cubre a los trabajadores del hospital y me dieron la baja.
Directamente de allí me fui al laboratorio para comunicárselo al Capitán y cuando llegué a su despacho, me dijo con una sonrisa, de oreja a oreja, que ya lo sabía. Alguien le había informado ya, y eso que de la mutua al hospital sólo debe haber unos 10 minutos.
Eso sí, el Capitán se mostró satisfecho y muy orgulloso de poder mostrarme que tiene informadores incluso fuera del hospital y que, pase lo que pase, él enseguida se enterará.

Pero por encima de todos sus informadores, destaca uno que es de lujo: un sindicalisto. Es muy listo, este personajillo.

Hace tantos años que este sindicalisto está liberado que ya casi nadie recuerda cuál es su profesión. Es médico, pero hace muchos años que se dedica a pasárselo bien.
La práctica médica la debe tener ya muy olvidada, pero teoría tiene mucha, sobre todo para sus tejemanejes, que es a lo que dedica su tiempo.

Tanto tiempo dedicado a lo mismo que conoce bien todos los secretos del hospital.

Y además es muy amigo del Jefe de Personal.

Y lo que es más importante, está en todas las reuniones que le interesan al Capitán.

Le he visto muchas veces, en momentos cruciales, en el despacho del Capitán hablando durante mucho rato con él.

Hace ya unos cuantos años pedí ayuda al Comité de Salud del hospital. Tuve que escribir una carta dirigida al Comité, comunicándole mis dificultades laborales y los problemas que me causaban el Capitán y sus secuaces.
El médico de Salud Laboral me dijo y me aseguró que nadie, fuera del Comité, se enteraría nunca de lo que yo había escrito.
Me dijo y me aseguró el médico, que todos los casos presentados al Comité son tratados con el más absoluto de los secretos.
  
El Comité de Salud hace reuniones periódicas para comentar y decidir cómo resolver los casos que se le presentan.
Bueno, eso de resolver es un decir por decir algo. En mi caso no resolvieron nada.

Y el reglamento del Comité de Salud dice que todos los asistentes a las reuniones e integrantes del Comité tienen la obligación de guardar secreto sobre todo lo que se presenta y se comenta en ellas.

En estas reuniones suele estar presente un delegado de cada sindicato que tiene representación en el hospital y, por tanto, el sindicalisto amigo del Capitán siempre está presente en las reuniones del Comité.

Pero por lo visto este personajillo sindicalisto no sabe, o no quiere saber, lo que quiere decir “obligación de mantener secreto”, porque en cuanto se presentó y comentó mi carta, le faltó tiempo para correr y decírselo al Capitán.

Otro personaje que no tenía ni idea de lo que quería decir “obligación de mantener secreto” era el Gerente del hospital en ese tiempo, el macaco Mazazo, gran amigo del Capitán y entonces presidente del Comité. A este gran inútil no se le ocurrió mejor idea que entregarle una copia íntegra de mi carta al Capitán.

Se ve que para estos dos tipejos el reglamento del comité sólo les sirve como papel higiénico.

Y así, el Capitán pronto tuvo mi carta en sus manos y así supieron él y sus secuaces, punto por punto, todo lo que yo había escrito y todo lo que sobre mí se había hablado.

Y ni corto ni perezoso, el Capitán leyó el contenido de la carta a todos los trabajadores del laboratorio. Y así todos los que trabajaban en ese momento supieron todo lo que yo había escrito.
¡Suerte que era secreto!

Y ni qué decir tiene, que si hasta ese momento las cosas para mí fueron mal, a partir de ese momento fueron aún peor.

Y ni qué decir tiene que mi caso se quedó en agua de borrajas, es decir, que nunca se hizo ninguna actuación, ni se llegó a ninguna resolución.

Y ni qué decir tiene, que el personajillo sindicalisto sigue con sus tejemanejes y sigue ignorando lo que significa la “obligación de mantener secreto”, y que cada vez que está presente en una reunión en la que salgo a relucir yo, le falta tiempo para correr y decirle al Capitán todo lo que allí se ha comentado.

¡Qué magnífica arma es este sindicalisto! ¡Y qué personajillo tan indecente e impresentable!

¡Vigilad, por tanto, trabajadores, qué decís, qué hacéis, qué y a quién escribís, que las paredes del hospital son muy finas!

jueves, 24 de abril de 2014

El macaco Director


Los macacos, ya se sabe, son unos macacos integrales. ¡No tienen alma!
No tienen empatía por el prójimo y sólo aspiran al poder, a la satisfacción de sentirse importantes y a embolsarse cuanto más dinero mejor.
¡Caiga quien caiga!

En mi recorrido del mobbing han pasado cuatro macacos Directores.

El primero era un inútil que sólo aspiraba a no hacer nada, a que lo dejaran tranquilo, y nunca quiso recibirme para hablar con él.

El segundo no era un macaco común, pero entró, vio el panorama y se largó pronto.

Y, el último, el cuarto, es un inútil que también quiere vivir tranquilo y todo su trabajo consiste en apoyar, desde la retaguardia, el mobbing del Capitán.
Este último Director fue el que intentó que no me reincorporara al trabajo, cuando el juez dictaminó que me tenía que incorporar inmediatamente. Eso fue cuando el macaco Consejero me echó a la calle por resolución de mi expediente disciplinario.
Fue este cuarto macaco Director el que me dijo que me fuera a casa, que ya me avisarían cuando el Capitán decidiera que me pudiera incorporar al trabajo. O sea, ¡nunca!
¡Todo para poder acusarme de ausencia en mi puesto de trabajo!

¡Será canalla el grandísimo macaco!

Pero el más importante y el más activo fue el tercero: ¡el gran macaco Molino!

Este macaco se hizo muy amigo del Capitán y le apoyó en todo, y todo el tiempo que duró su dirección.

Me acosaba por la sensación de poder, porque le henchía de satisfacción y por la diversión. ¡Y qué diversión! ¡Este macaco se divirtió de verdad! ¡Y mucho!

Cada vez que me llamaba a su despacho lucía en su cara una sonrisa irónica que me decía: ¡Ahora sí que no te vas a poder escapar!

La primera gran encerrona que me preparó fue para acusarme de que llegaba tarde a trabajar. Imposible olvidar aquel día, ¿verdad señor macaco?
Preparó una reunión, orgía acusadora y acosadora, con el Capitán, la Sargento y dos contratados cuya misión era la de asentir a todo lo que allí se dijera en contra de mí.
¿Se acuerda, señor macaco, las veces que repitió que todos decían que yo llegaba tarde?
¡Y claro, no quiso creerme a mí cuando le dije que no era cierto!

Y… ¿se acuerda de que le solicité que pusiera un reloj para que pudiéramos fichar todos? Pero claro eso no podía ser. ¡No se fueran a poner en evidencia el Capitán y la Sargento! Porque usted ya sabía que la Sargento llegaba una hora tarde a trabajar todos los días y el Capitán aún más tarde.
¿Se acuerda de que tuve que abandonar la reunión porque me encontraba al borde de un ataque de nervios?

¡Y tuvo que humillarme!, haciéndome firmar cada día al entrar a trabajar. ¡He sido el único facultativo en toda la historia del hospital que ha tenido que fichar!

¡Qué gran logro para usted! ¡Qué placer! ¡Qué cara de diversión lucía todas las mañanas cuando entraba yo a firmar en su despacho!

Y… ¿se acuerda de cuando el Capitán no me quería firmar las vacaciones ni los días de fiesta? ¡Lo que me llegaron a amargar la vida en aquella etapa! ¡Fue el momento con más ansiedad de mi vida! ¡Tenía siempre la tensión por las nubes!

Y… ¿se acuerda de aquel día que bajó al despacho del Capitán porque éste quería que yo cambiara mis días de fiesta de Navidad por otros que no me interesaban, sólo por fastidiarme?
Me llamó desde el despacho del Capitán, porque desde allí usted podía verme a través del cristal del despacho.
Ese día se divirtieron de lo lindo, ¿eh? ¡Qué bien podían ver, los dos desde el despacho del Capitán, la angustia y la ansiedad que me estaba entrando!
¡Me tuve que ir a Urgencias! ¡Tenía la tensión por las nubes!
Y, usted se pasó por allí para ver qué bien le había salido la jugada.
¡Qué pena que no me diera un infarto! ¿Verdad?
O, ¡que no me fuera al otro barrio, de camino a casa! Pero no, esto no pudo ser porque me vino a buscar mi marido.
¡Ah! ¡Eso sí! En el expediente me ha acusado de no ir a trabajar al día siguiente.
¡Lástima, para usted, que yo tenga el justificante de la baja!

Y… ¿Qué decir del día que le llamó la Sargento para que me obligara a hacer un trabajo que no me correspondía y que yo no podía hacer porque estaba hasta el cuello de trabajo?
Ese día me tuvo una hora al teléfono, repitiéndome y repitiéndome sin parar, que la culpa de mis problemas era mía y que su intención era arreglar los problemas del laboratorio.
¡Qué gran macaco es usted! ¡Lo que se ha llegado a divertir a mi costa!

¡Una hora! Repitiendo y repitiendo, como un disco rayado, dos únicas frases: “¡Qué yo era la culpable de mis problemas!” y, “que su intención era arreglar los problemas que yo causaba en el laboratorio”. ¡Toda una hora, repitiendo y repitiendo lo mismo!
A eso los psicólogos lo llaman provocar “terror psicológico telefónico”.

Y… ¿Qué decir del día que montó una escaramuza de linchamiento psicológico, orgía acusadora y acosadora y me agredió psicológicamente, con la ayuda del Jefe de Personal y del soldado nº 1, en la  pequeña salita donde estaba yo sola desayunando?
¡Aquel día si que se divirtió, y mucho!
¿Se acuerda cuántas veces me acusó de no querer trabajar, y que por eso usted me quitaba todas mis funciones, repitiéndomelo una y otra vez, como un disco rayado, sin poder decir yo ni una palabra? ¿Cuántas veces serían? ¿Veinte o treinta?
Y me dijo, de palabra, que me quitaba todas mis funciones. Pero eso si, ¡sólo de palabra!, pues el Jefe de Personal me entregó una nota que no la entendió ni mi abogado. Nadie ha podido entender nunca qué me quieren decir en ese escrito.

¡Bonita manera de intentar confundirme y volverme loca!: decir de palabra que me quitaba todas mis funciones y entregarme un escrito que no ponía nada de eso y que nadie entendía qué me quería decir.
¡Claro que su intención era que yo abandonara mi puesto de trabajo! ¡Como me dejó sin trabajo, se pensó que me iría a llorar a casa y ya no volvería!
Y así me lo confirmó el Capitán al día siguiente. Me dijo que yo no tenía que estar allí, que ya no tenía ningún trabajo que hacer, que me lo habían quitado todo y que yo ya no pintaba nada en el laboratorio.

¡Suerte que entonces pude mantener un poco de cordura y no me moví de mi sitio! ¡Suerte para mí, claro! Supongo que el Capitán se debía revolver de rabia.
  
¡Fue la etapa más dura y miserable de mi vida! ¡Tenía siempre la tensión disparada!

¡Qué pesadilla de macaco!

viernes, 11 de abril de 2014

Actriz secundaria. Soldado nº 3


Es la técnico que trabaja conmigo.
Personaje que se ha visto arrastrado por las circunstancias. Sin intención de acosar, pero ha sido absorbida por el ejército y se ha acoplado a él.

Su misión: crear un ambiente tóxico y provocar un clima asfixiante para mí, en nuestro pequeño cuarto de trabajo.

Es muy amiga de la Sargento y de la Cabo y se deja influir por ellas. Además, así consigue pequeñas prebendas.

La maquiavélica banda ha conseguido que la técnico no me hable y que me ignore completamente, y por eso no nos comunicamos, nada de nada, en nuestro trabajo diario.

Personaje muy orgulloso que ha intentado cuestionar mi trabajo, y en muchas ocasiones ha pasado por encima mío y ha ido a comentar cosas, que me correspondían a mí, a la Sargento o al soldado nº 2.

Con el tiempo hemos llegado a una situación estable en la que no nos comunicamos, pero no nos interferimos. Pero hubo un tiempo en que se me hizo muy agobiante trabajar con ella.
Era el tiempo en que yo no tenía mesa en el despacho y tenía que estar siempre en mi lugar de trabajo.
Teníamos que compartir el mismo ordenador y la nº 3 no lo soportaba, lo quería sólo para ella.

Tenía siempre cara de amargada, cuestionaba mi trabajo, estaba siempre de malhumor conmigo y dejaba el trabajo realizado por ella, que yo tenía que acabar, en su lugar de trabajo sin decirme ni una palabra. En cambio, cuando iba a hablar con la Sargento o el nº 2, se le cambiaba la cara y el humor, y ponía una sonrisa de oreja a oreja.

Creó un ambiente tan asfixiante para mí que creí que no lo podría soportar, que no podría continuar allí.  Pero cuando llegué a mi límite de aguante, cuando estaba a punto de ahogarme, me pude trasladar al despacho con el resto de los analistas.

Por suerte para mí, habían echado a una analista, mujer, y había quedado libre una mesa y un ordenador donde me pude instalar.

¡Mejor en la boca del lobo!

jueves, 3 de abril de 2014

Actor secundario. Soldado nº 2

Personaje que sí tiene madera de acosador. Para él, el fin justifica los medios, y su fin es conseguir una plaza fija para el resto de su vida.

Es el analista contratado para hacer sustituciones, que como hombre que es, cayó en gracia al Capitán, se ha quedado trabajando por acumulo de tareas, y se ha hecho imprescindible para él.
En su camino para conseguir plaza, desplazó a una analista mujer que llevaba varios años trabajando en el laboratorio.

Y ha sido mi pesadilla durante mucho tiempo.

En mis pesadillas nocturnas se me aparece como un buitre carroñero que sobrevuela mis despojos. Da vueltas y vueltas, haciendo tiempo, y esperando que me envíen al cadalso, o sea, que me eliminen, sea como sea.

De tanto en tanto se atreve a atacarme, como aquel día que me acusó de no saber trabajar en equipo.
¡Ja, ja, ja! ¡Esa sí que es buena! ¡Cómo si ellos me permitieran trabajar en equipo!
¿Te acuerdas de aquel día? ¡Qué pronto corriste a Dirección a decirles que yo te había agredido verbalmente! ¿Serás embustero?
Y al día siguiente recibí, en mi casa, una carta amenazadora del macaco de Gestión por portarme mal.

Tú no te diviertes con esta situación, pero eres un depredador nato y quieres conseguir tu objetivo a toda costa, caiga quien caiga.

Bueno, bien pensado, alguna vez sí que te has divertido, como cuando te juntabas con la Sargento para hablar fuerte y carcajearos a mi espalda.
¡Lástima que ahora no os podáis reír tanto! ¿Verdad? Es una pena, pero ya no os hago tanta gracia. ¡Por algo será!

Piensa el ladrón que todos son de su condición, dice el dicho popular.
Eso te viene como anillo al dedo, por eso necesitas tener tu ordenador bien blindado. Por eso has cambiado la configuración de tu ordenador a un idioma extranjero, para que nadie, que no seas tú, pueda entrar en él.

¿Será que no sabes que los ordenadores del laboratorio son de la empresa y no de los empleados?

O… ¿Será que tienes grandes conocimientos ultrasecretos, aunque eres una persona joven?

O… ¿Será que tienes algún programa secreto que no debieras tener?

O… ¿Será que como a mí me espiáis todo mi trabajo en el ordenador, piensas que alguien te puede espiar a ti también?

Porque vuestro espionaje hacia mí es muy descarado. ¿Pensabais que no me iba a dar cuenta? ¡Pero si me habéis estropeado hasta el móvil!


¿Y que decir de tu declaración a la Instructora? Pues nada, simplemente tenías que hacerlo y lo hiciste, como buen depredador que eres.
Como los demás, vomitaste ante la Instructora todas las mentiras que habíais preparado en las reuniones maquiavélicas que hacéis.

De otro modo, ¿cómo hubieras podido seguir teniendo esperanzas de conseguir mis despojos?

¡Qué grandísimo buitre tú eres!

miércoles, 26 de marzo de 2014

Actor secundario. Soldado nº 1

Personaje arrastrado por las circunstancias. No tiene madera de acosador, pero como él mismo dice: “hay que estar en el equipo ganador”.

Es el único analista hombre, soldado raso, que tiene plaza fija en el laboratorio, y fue trasladado a la fuerza, como yo, pero se adaptó bien y pronto.
Tenía dos ventajas sobre mí, una que es hombre, y la otra que nunca ha destacado por su inteligencia. No representaba ninguna amenaza para el Capitán. Éste sabía que el soldado haría siempre lo que él le ordenara.

¿Te acuerdas lo que solías decir del Capitán, hace ya mucho tiempo?: “Que le gustaba ser jefe más que a un niño un caramelo”.
Pues bien, ese fue mi gran problema.

A diferencia de ti, yo soy mujer y encima saqué el número “1” en la oposición de Análisis en que nos presentamos los dos, el Capitán y yo. ¡Siempre me ha tenido manía!

Pero tú tenías que adaptarte a los caprichos del Capitán y de la Sargento. Ellos te inyectaron toda la rabia y todo el odio que tenían contra mí.

Por eso me diste un empujón, un día hace ya tiempo, echando con fuerza tu inmenso cuerpazo contra mí, cuando yo estaba tranquilamente hablando con una técnico. Para descargar toda tu rabia, ¿no? ¿Te quedaste descansado?

Por eso me arrancasteis de cuajo el intermitente lateral de mi coche, para descargar toda la rabia grupal. ¿Os quedasteis descansados y felices?

Pero también hubo momentos emocionantes para ti.  
¿Te acuerdas de aquel día que participaste en una escaramuza de linchamiento, orgía acusadora y acosadora, y me atacasteis, cogiéndome desprevenida, en la pequeña salita donde estaba yo sola desayunando?
¡Que importante te debiste sentir aquel día! ¡Tú, un simple soldado, formando una horda de linchamiento junto con el Jefe de Personal y el macaco Molino! ¡Qué enardecimiento y qué emoción! ¡Casi se te sale del pecho el corazón!
¿Te acuerdas de cómo mirasteis a ver si estaba sola y cómo entrasteis de sopetón para que nadie os viera y rápidamente bloqueasteis la puerta, entre el jefe de personal y tú,  para que nadie pudiera entrar y yo no pudiera salir? ¡Para que nadie os quitara la diversión!
¿Te acuerdas de cuantas veces me acusó el macaco Molino de no querer trabajar, repitiéndomelo, una y otra vez, como un disco rayado, sin poder decir yo ni una palabra? ¿Cuántas veces serían?, ¿veinte o treinta?
Y me quitó todo mi trabajo, y me dejó sin poder hacer nada.
Y al día siguiente el Capitán remató la faena diciéndome que no podía estar en mi puesto de trabajo, porque el macaco Molino me había quitado todo mi trabajo, es decir, me habían echado.
¡Ah! ¡Pero hay que recordar que tú hiciste una aportación muy importante! ¡No se te ha de quitar mérito! Le sugeriste al macaco Molino que me tenía que quitar las guardias.

¡Qué valor el vuestro! Tres hombres potentes contra una mujer indefensa.
Aquel día sí que creísteis que me habíais aniquilado, ¿verdad? Pensasteis que habíais acabado conmigo.
Pensasteis que abandonaría rápidamente el laboratorio y que me podríais acusar de “abandono de puesto de trabajo”. O, ¿quizás pensasteis que en el camino a casa, con lo nerviosa que me habíais puesto, tendría un buen accidente y me iría al otro barrio?

Sea como sea, sí que pensaste que toda tu amargura se acabaría aquel día.

Y la verdad sea dicha, podría haber sido así, porque aquel día casi me volvéis loca.

Pero ya ves, aún sigo en mi puesto de trabajo. Gracias a Dios, soy como el “ave fénix”, que renace de sus cenizas.

¡Qué valor el tuyo, contra las mujeres! ¡Qué machismo!

¿Te acuerdas con qué agresividad solías tratar a tus mujeres (técnicos) en tu pequeño laboratorio, de donde tú te sentías el jefe?

Y, ¿te acuerdas cómo hacías llorar a la que siempre te sacaba las castañas del fuego?
Y ahora, que esa técnico está trabajando en el hospital, y no te sirve para nada, ni siquiera la saludas.

¿Será por tus viejos fantasmas?, ¿o será por mí?; ¿o será porque, como tú vas diciendo por ahí, está en el equipo contrario?

Y, ¿cuál es el equipo contrario? ¡El de las mujeres que no le besan el trasero al Jefe!

Y, ¿qué decir de tu declaración ante el juez de lo penal y ante la Instructora de mi expediente? Nada especial.
Descargaste toda tu rabia con las mentiras que te habían preparado, el Capitán y la Sargento, en las maquiavélicas reuniones de trabajo.

Pero tú ya sabes que se coge antes a un mentiroso que a un cojo, y de toda la banda de mentirosos del laboratorio, tú serás el más fácil de cazar. Y te voy a explicar por qué.

¿Te acuerdas cuál era nuestra situación hace diez años? Pues en ese momento a mí me obligaban a sustituirte por vacaciones. Ese año sólo coincidimos quince días trabajando juntos, más o menos.

Y, ¿te acuerdas de cuál era nuestra situación hace cinco años? Pues, entonces declaraste ante el juez de lo penal soltándole, ya no me acuerdo qué sarta de mentiras, pero viniéndole a decir que yo me había portado mal contigo y te había amargado la vida.

Y después a la Instructora le soltaste las mismas mentiras y unas cuantas más.

Para cuando vomitaste tus mentiras a la Instructora, entre mis bajas y tus bajas, mis vacaciones y las tuyas, y los días de fiesta correspondientes, llegaríamos a trabajar juntos, como mucho, treinta días.

¿Quién se va a creer que en esos pocos días yo te amargara la vida? Más bien, culpa a tus amigos y compañeros de ejército.

Y ¿quién se va a creer que tú  puedas tener la más mínima idea de mi comportamiento y desarrollo de trabajo en el laboratorio?
Lo dicho, mentiras preparadas por el Capitán y la Sargento.  
   
Y ya para acabar, un consejo para ti:
¡Cúrate toda la rabia y todo el odio que te atormentan el alma! ¡Tu salud te lo agradecerá! ¡Seguro!